
Joey y Robert Dunlop merecen ser los encargados de abrir esta serie sobre pilotos legendarios. Ambos escribieron su historia en las peligrosas carreras de Irlanda y la Isla de Man, como condenados a un destino trágico que, desgraciadamente, les alcanzó. Su triste desaparición ha contribuido a mitificar su historia.
Irlanda, la verde Irlanda, tierra de gente noble y fuerte, acostumbrada a sacrificarse y a sufrir. Irlanda tiene una honda tradición motociclista, una larga historia marcada por la pasión por este deporte, y también por la tragedia. Joey y Robert Dunlop fueron de ese tipo de gente que, vivía día a día sin darle mayor importancia a lo que hacían, por más que lo suyo era algo verdaderamente extraordinario: tenían la facultad de ser unos excelentes pilotos. Pero lo vivían con naturalidad.
Cuando la fama les llegó, primero a Joey, ocho años mayor que su hermano, ésta no alteró su existencia, una vida muy familiar e íntima –Joey tenía cinco hijos, y Robert, tres–. Su notoriedad no hizo que dejara de aceptar la invitación de cualquier buen aficionado: ¡Un irlandés nunca diría que no a una buena pinta de cerveza! Así que a pesar de ser un mito viviente, no era difícil encontrarse con Joey tras una carrera en algún pub de Douglas, o en Coleraine, o en Tandagree, o en cualquier lugar del condado de Antrim tras el Northwest 200.
Continuar leyendo el resto de la noticia ->